Belén EN UNA MEMORIA IMAGINARIA, por Pablo Gamba

Belén EN UNA MEMORIA IMAGINARIA, por Pablo Gamba

Belén EN UNA MEMORIA IMAGINARIA, por Pablo Gamba

En http://www.ideasdebabel.com/belen-en-una-memoria-imaginaria-por-pablo-gamba/

Belén (Venezuela-España, 2016), dirigida por Adriana Vila Guevara, es una de esas pocas películas venezolanas que han trascendido el país y han comenzado a tener un destacado recorrido internacional.

Fue estrenada fuera de competencia en el FID Marseille, uno de los festivales más importantes de filmes de lo real, y estuvo también en el Festival Margaret Mead del Museo Estadounidense de Historia Natural. Llegó además a los cines en Venezuela, donde permaneció el mínimo que la ley garantiza a las obras nacionales. Eso puede ser síntoma de la poca comprensión de los documentales por parte del público general. En Caracas Doc, en cambio, recibió el premio de los espectadores al mejor largo.

Aunque el título hace referencia a Belén Palacios (1937-2009), no se trata de un film sobre la vida de esta campesina, que en 1992 fue declara Patrimonio Cultural de la región de Barlovento. Palacios fue una virtuosa del quitiplá, instrumento de la percusión afrovenezolana que consiste en una batería de tubos de bambú, los cuales se tocan golpeándolos contra el suelo duro o una piedra. Fue parte, además, del grupo Eleggua, integrado por mujeres percusionistas.

La película comienza trayendo a colación, irónicamente, el lugar común que no es, con un recorrido de la cámara por un currículo del personaje y con una entrevista a Avelina Palacios, quien le cuenta a la realizadora su idea de un film que relate cronológicamente la vida de su hermana. ¿Cómo resolver el problema de las tomas que no se hicieron antes de su muerte?, le pregunta Vila, y ella responde con otra pregunta: “¿Para qué se hizo el arte? ¿No es para imaginar?”

Eso es lo que sí es Belén: una construcción imaginaria, a través de los recursos del cine, de cómo la artista popular continúa viva en el recuerdo de quienes fueron cercanos a ella, y de los que la conocieron por su música en el país y en el extranjero, y de cómo aún es una presencia espiritual en el lugar donde nació. Lo más llamativo es la cine-memoria que Vila inventa –análoga al cine-ojo sobrehumano que Dziga Vertov consideraba que era el cine–, mediante recursos de montaje visual y sonoro tomados de las vanguardias, a los que añade el registro de imágenes de la artista proyectadas en fachadas, en las calles, en los árboles e incluso en el interior de un cine, como si se quisiera hacer explícito el vínculo con el realizador soviético de El hombre de la cámara (1929).

La imaginación no solo construye sino que también descubre una memoria en este film. A través del montaje de lo hallado en entrevistas, y en una gran cantidad de registros profesionales y amateurs de las giras de Eleggua, la documentalista va creando una representación de la presencia de África en América. Es una red de vínculos concretos entre músicos barloventeños y  afroestadounidenses o de Puerto Rico, que se extiende incluso a Ecuador, a los inmigrantes de Belice en Estados Unidos, a un líder comunitario de Los Ángeles, a los exiliados políticos del Congreso Nacional Africano… Se van haciendo manifiestas por sí mismas las conexiones a través de la respuesta de un músico a otro, de un cuerpo que danza a otro, del diálogo de gestos ceremoniales, de las luchas contra la esclavitud y la segregación que evocan cantos reconocidos. No hay voz narradora que les imponga orden ni concepto.

A todo lo anterior se añade el encuentro con diversos personajes. Eso también le permite a la realizadora mostrar cómo sigue viva Belén Palacios en el recuerdo de las personas que la conocieron a través de una técnica sencilla: graba la expresión de los rostros y los comentarios cuando ven videos de la artista en una computadora. Escasea, sin embargo, el diálogo con el personaje principal, lo cual es atribuible a su muerte inesperada. La película incluye registros en los que se aprecia cómo Palacios creaba un personaje cuando la ponían frente a una cámara para hacerle preguntas, y manifestaba su resistencia a ser grabada mediante errores que cometía a propósito. Pero solo en una entrevista Vila logra sacarla de ese rol, y en pocos fragmentos de videos registrados por otros. Aunque la cámara logra sumergirse y ser participante en el ceremonial del entierro, no se profundiza en la vida del personaje como trabajadora agrícola en la producción de cacao ni en sus relaciones con el entorno de la comunidad.

Belén, en síntesis, es una película caleidoscópica, pero también contradictoria y trunca, en la que hay desequilibrio y tensión entre tres modalidades de representación: la poética, la participativa y lo que, ampliando un concepto que maneja el documentalista venezolano Joaquín Cortés, podría llamarse descubrimiento, lo encontrado en la indagación en el material recopilado. Sin embargo, ese resultado es consecuencia de la audacia de una cineasta ambiciosa, que buscó elevar mediante la imaginación la memoria de una artista del pueblo, cuya muerte impidió que pudiera hacerse una película más convencional. Por eso Belén se destaca en el panorama actual del cine documental nacional.